martes, 20 de enero de 2009

Todo vale

Viviendo en Marruecos uno se da cuenta de que todo se puede conseguir. El problema -y siempre hay un problema- es que nunca se sabe lo que va a costar. No hay estándares establecidos y, si los hay, no se respetan.

Cualquier gestión que requiera de la participación de la Administración Pública requiere armarse de paciencia -mucha paciencia-, de todos los papeles de que se disponga y de la mejor de las sonrisas que cada uno sea capaz ofrecer al funcionario de turno. Aún así, nada garantiza el éxito de la misión.

Estos días hablaba con una amiga marroquí (para mantenerla en el anonimato, o al menos en el anonimato que se puede conseguir viviendo en una ciudad como Rabat, no mencionaré su profesión) sobre su situación laboral. En un país donde las altas esferas (evidente eufemismo) controlan absolutamente todo, uno pierde la ilusión, el tesón y las ganas de hacer bien su trabajo. El ascenso, la promoción profesional o el reconocimiento a una labor bien hecha sólo dependen de los caprichosos designios del cacique de turno, quien hace y deshace a su antojo cual déspota terrateniente.

Y así todo fluye con la calma con la que aquí fluyen las cosas. Hasta que un día suena el teléfono. Y el cacique se va al barbero a hacerse un buen afeitado, a su casa a ponerse su mejor traje, y a un despacho bien elegante a firmar su dimisión. Aún así, como es de bien nacidos ser agradecidos, le dimiten a un buen puesto, confortable y bien pagado -aunque en la sombra- hasta que llegue su jubilación u otra llamada.

Mi amiga marroquí está perdiendo las ganas de hacer bien su trabajo, una pena ya que le encanta lo que hace y además lo hace bien.

Siempre que me encuentro con una situación de este tipo lo primero que me viene a la cabeza es "qué país, así van las cosas...". Pero luego echo la vista al otro país, al menos, y no puedo más que entonar el mea culpa, y decirle a mi amiga que en España eso también pasa.

1 comentario:

El Viejo @gustín dijo...

Y en Argentina tbn.
Buena reflexión

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